Fueron cuatro palabras que constriñeron el corazón de la flamante democracia rojigualda; joven, desde luego, pero con ansias de hacerse mayor. «¡Quieto todo el mundo!». El 23 de febrero de 1981, poco después de las seis y veinte de la tarde, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero entró en el Congreso de los Diputados presto a dar un golpe de Estado. A su favor tenÃa cuarenta compañeros de cuerpo y una supuesta «autoridad militar competente» que, llegado el momento, le respaldarÃa. La sociedad tembló, pero respiró después de que Su Majestad Juan Carlos I condenara por televisión aquella locura. El dÃa fue histórico y, como tal, tendrá su propia serie: ‘AnatomÃa de un instante’. Y hete aquà los protagonistas a los que dará vida. Adolfo Suárez González, primer presidente del Gobierno tras la aprobación de la Constitución en 1978, fue uno de los grandes protagonistas de aquel dÃa por su valentÃa y su arrojo. El 23 de febrero de ese mismo año, el fundador y lÃder de la Unión de Centro Democrático (UCD) ya habÃa tomado la firme decisión de abandonar la polÃtica. Por tanto, en el Congreso de los Diputados se elegÃa a su sucesor al frente del poder ejecutivo. Fue entonces cuando el teniente coronel Tejero irrumpió armado en el hemiciclo con un objetivo en mente: dinamitar la democracia. La escena quedó para la historia. «¡Quieto todo el mundo!». El grito del teniente coronel fue acompañado por hasta once disparos de pistola y subfusil hacia el techo cuando observó que el ministro de Defensa, Manuel Gutiérrez Mellado (en la serie, Manuel Solo), se abalanzaba sobre él. Como respuesta, sus señorÃas se lanzaron en masa al piso del hemiciclo… Todas menos tres: el militar, Santiago Carrillo (lÃder del PCE), y el propio Suárez. «¿Valiente por qué? Yo representaba al Estado. ¿Cómo me iba a tirar al suelo?», desveló en una entrevista posterior. El polÃtico, que se habÃa entrenado con un psicólogo ante la posibilidad de terminar secuestrado por ETA, se mantuvo firme. QuerÃa, añadió, mantener la dignidad del presidente del Gobierno y de la misma democracia. Poco después, Suárez conversó con Tejero en una sala contigua. «¡Explique qué locura es esta!», le espetó. «¡Qué vergüenza para España! ¿Quién hay detrás de esto?, ¿con quién puedo hablar?». Incluso le exigió que depusiese su actitud. «Usted ya no es el presidente de nadie», respondió Tejero. Aquella valentÃa, para su desgracia, no se tradujo en votos para la UCD. En octubre de 1982, el partido pasó de obtener el 35% del voto, a un anémico 6,7%. Una debacle colosal en menos de tres años que volatilizó el partido. El lÃder del Partido Comunista fue el tercero en discordia: las detonaciones de la Star BM del teniente coronel no le amilanaron y se mantuvo firme en su escaño. La teorÃa más extendida es que lo hizo porque estaba convencido de que aquel serÃa su último dÃa en este mundo y querÃa mantener la honra. Lógico, pues se habÃa convertido en el enemigo número uno de los nostálgicos tras haber participado, entre otras tantas cosas, en las matanzas de Paracuellos . Aquella votación era, en parte, culpa suya: tras estar exiliado en Francia durante más de tres décadas, llegó a un acuerdo con Suárez para legalizar el PCE, y eso terminó con los apoyos de ambos dentro de sus respectivos partidos. El primero, por plegarse a los extremistas de izquierdas; el segundo, por haberse vendido, en palabras de los más radicales, al ala derecha de la polÃtica española. El mismo Carrillo explicó en varias entrevistas que no sabÃa por qué no se habÃa tirado al suelo. «Quizá no lo hice porque he vivido una guerra. Aunque es contradictorio porque lo que allà aprendes es precisamente a agacharte cuando hay disparos. No lo sé. Tampoco me considero más valiente que otros por aquello. Quizá solo fui algo más lúcido al darme cuenta de lo que realmente estaba pasando y preferà guiarme por la dignidad», señaló. TeorÃas las hay por decenas. El escritor Javier Cercas señala en ‘AnatomÃa de un instante’, la novela en la que se basa la nueva serie, que el lÃder del PCE pensó en protegerse pero que, cuando vio que el fundador de la UCD no se achantaba, le copió. «Adolfo Suárez sigue sentado en su escaño de presidente, sólo, estatutario y espectral en un desierto de escaños vacÃos. Y entonces, deliberadamente, reflexivamente –como si en un solo segundo entendiera el significado completo del gesto de Suárez–, él también decide no tirarse» A nivel polÃtico, a Carrillo le fue mejor que a Suárez, aunque con altibajos. Fue elegido diputado hasta en tres ocasiones: 1977, 1979 y 1982. Tras ser derrotado de forma calamitosa dimitió, aunque continuó como portavoz parlamentario durante tres años más. Esa fecha fue excluido de la dirección del grupo y, tras abandonarlo, formó el efÃmero Partido de los Trabajadores de España. El monarca fue la palanca que acabó con el golpe. Mientras los muchÃsimos militares y policÃas leales al gobierno rodeaban el Congreso al mando de José Luis Aramburu Topete, director general de la Guardia Civil, Juan Carlos I inició una extensa ronda de llamadas a todas las Regiones Militares dejando claro su total apoyo a la democracia y tratando de evitar una posible sublevación general favorecida por el desconcierto. En esa ruleta de contactos también entró Milán del Bosch, quien no hizo caso en primer momento a sus órdenes. Todo terminó a eso de la una del 24 de febrero. Fue entonces cuando Juan Carlos I, vestido con su uniforme de Capitán General de los Ejércitos, dirigió un discurso histórico a los españoles. «Ante la situación creada por los sucesos desarrollados en el Palacio del Congreso y para evitar cualquier posible confusión, confirmo que he ordenado a las Autoridades Civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor que tomen todas las medidas necesarias para mantener el orden constitucional dentro de la legalidad vigente». Aquello terminó, de facto, con el golpe de Estado. El epicentro del golpe de Estado; el hombre del mostacho que se convirtió en la cara visible del 23-F y sobre el que recayeron las culpas. La prensa de la época definió al teniente coronel Antonio Tejero como un militar de 49 años con un larguÃsimo historial de incidentes a sus espaldas. El primero se sucedió en enero de 1977, cuando el Ministerio del Interior declaró legal la Ikurriña. El guardia civil, destinado entonces en San Sebastián, envió en telegrama al gobierno en el que mostró su disconformidad con la medida. Aquello provocó que fuese enviado a Málaga como jefe de comandancia. En octubre volvió a la carga cuando, al frente de una compañÃa, impidió que se celebrara una manifestación autorizada en la zona. ¿La razón? ETA habÃa asesinado al presidente de la Diputación de Vizcaya. «Hoy es un dÃa de luto en España y aquà no se manifiesta nadie», esgrimió. Aquello provocó que fuese detenido y que se le retirara del mando. Menos de un año después volvió a copar las portadas de los diarios al enviar una carta al rey don Juan Carlos en la que mostraba su disconformidad con la Constitución que se aprobarÃa meses después. «Majestad, no más sangre», rezaba la misiva. Terminó expedientado de nuevo. Su primer gran movimiento contra el nuevo orden llegó con la llamada Operación Galaxia . A finales de octubre de 1978, el teniente coronel y el capitán de InfanterÃa Ricardo Sáenz de Ynestrillas contactaron en la cafeterÃa Galaxia para orquestar un golpe de Estado que debÃa materializarse el 17 de noviembre. El plan incluÃa tomar el palacio de la Moncloa, la detención del ejecutivo y la petición al monarca de que formara un Gobierno de concentración de salvación nacional. El complot, no obstante, fue descubierto, y Tejero, detenido y condenado a siete meses de prisión. Nada que ver con la pena impuesta tras el 23-F: treinta años de cárcel por rebelión militar consumada con la circunstancia agravante de la reincidencia. Militar de larguÃsima carrera y segundo jefe del Estado Mayor del Ejército. Ya en 1978 se postulaba como posible instigador de una rebelión contra el Gobierno. «No descarto que haya un golpe de Estado; y si lo hay, Armada habrá sido su instructor», proclamó Suárez. No le faltaba razón, pues era uno de los hombres con más contactos en Palacio desde su paso como secretario del monarca. Los temores del lÃder de la UCD se cumplieron el 23 de febrero cuando los dos autobuses llegaron a las inmediaciones del Congreso de los Diputados en espera, o eso dijo Tejero, de la «autoridad militar competente». ¿Quién era esa autoridad militar competente? Las versiones más extendidas sostienen que un Alfonso Armada que intentaba, desde hacÃa meses, posicionarse como futuro lÃder de un gobierno de concentración. Es decir, de un conglomerado formado por militares y civiles tras un posible golpe de Estado. Armada habrÃa tejido una intrincada tela de araña que le permitiera tomar el poder del paÃs por la puerta de atrás. Su primer paso habrÃa sido fomentar las ansias del impulsivo Tejero, y del no menos nostálgico de la dictadura Milans del Bosch, por dar un golpe de timón quitándose de en medio a los polÃticos. Esta misma versión afirma también que Armada, herido por no poder seguir adelante con el plan, se presentó en la puerta del Congreso por voluntad propia, y sin el beneplácito del monarca, para negociar con Tejero su abandono del Hemiciclo. A eso de las 23:50 habrÃa accedido al edificio junto a Aramburu Topete, que salió en solitario de allà media hora después. En el interior, el supuesto artÃfice del golpe habrÃa propuesto a Tejero formar un gobierno de concentración militar y civil dirigido por él mismo, tal y como ansiaba desde hacÃa meses. Sin embargo, la respuesta del teniente coronel habrÃa sido negativa: no querÃa compartir el poder con los comunistas contra los que tanto habÃa combatido. Con todo, esta es una teorÃa que el general siempre negó antes de fallecer en 2013, después de cumplir a medias su condena. El secreto de lo que verdaderamente sucedió murió en parte con él. Teniente General y Capitán General de la III Región Militar, con sede en Valencia. El 23-F, a eso de las siete de la tarde, sacó sus tanques a las calles de la ciudad. Sobre el papel, su excusa era la falta de gobierno. Extraoficialmente, esperaba que un golpe de fuerza como aquel hiciera que el resto de territorios se unieran a él y a Tejero y se alzasen contra la democracia. Sus movimientos fueron acompañados de dos bandos –edictos públicos– en los que declaraba que se hacÃa con el poder en espera de las órdenes del Rey. Con él vino una gigantesca retahÃla de medidas dictatoriales como el toque de queda. «Se prohÃbe el contacto con las Unidades Armadas por parte de la población civil. Dichas Unidades repelerán sin intimidación ni previo aviso todas las agresiones que puedan sufrir con la máxima energÃa», decÃa uno de los muchos puntos de aquel texto. Su plan terminó en desastre. Después del discurso de Juan Carlos I, Milans del Bosch devolvió los carros de combate a sus garajes. Aquello fue el golpe definitivo contra un Tejero que no tuvo más remedio que abandonar el secuestro de los diputados y firmar la rendición el 24 de febrero sobre el capó de un coche.
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Author : (abc)
Publish date : 2025-10-02 02:24:00
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