«La humanidad se encuentra ante una elección decisiva: levantar una nueva Torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y los hombres habiten juntos. La tecnologÃa no es neutral, porque toma el rostro de quien la concibe, la financia y la utiliza». El 15 de mayo de 1891, León XIII se enfrentó a la Revolución Industrial con una sola pregunta: ¿qué le ocurre a la dignidad del hombre cuando el capital lo aplasta? El mismo dÃa de 2026, su sucesor en el nombre, León XIV, firmó ‘Magnifica humanitas’, haciéndose la misma pregunta. Cambia el verdugo, cambia la chimenea de la fábrica por el algoritmo que decide quién tiene crédito, quién es contratado y quién sobra. 135 años separan ambas encÃclicas. Las une algo mucho más profundo que la fecha, como es la convicción de que ningún progreso técnico justifica tratar al ser humano como un medio. La ‘Rerum novarum’ defendió la propiedad privada frente al socialismo, el salario justo frente a la imposición del patrón y el derecho de asociación frente al liberalismo que lo prohibÃa. Fue la primera vez que la Iglesia propuso una tercera vÃa entre el Estado que todo lo absorbe y el mercado que todo lo reduce. La ‘Magnifica humanitas’ reproduce exactamente esa estructura, rechazando el entusiasmo acrÃtico de quienes ven en la IA la solución automática a todos los problemas humanos, y rechazando también el ludismo reactivo de quienes quieren frenar el reloj. En el medio, como criterio, la dignidad de cada persona concreta. Las diferencias son también reveladoras. León XIII hablaba de obreros y patronos, de tierras y salarios. León XIV habla de datos, algoritmos, plataformas y capacidad de cómputo. La concentración de riqueza que preocupaba al primero se ha transformado en una concentración de poder aún más opaca, la de un puñado de empresas privadas transnacionales que controla las infraestructuras cognitivas del planeta, con recursos superiores a los de muchos gobiernos y sin la ‘accountability’ que se exige a un Estado. La ‘Rerum novarum’ tuvo una trascendencia histórica inmensa, certificando el nacimiento de la Doctrina Social de la Iglesia y, de algún modo, el origen intelectual de la democracia cristiana europea. La ‘Magnifica humanitas’ llega en un momento en que los gobiernos todavÃa tantean cómo regular algo que no entienden del todo. Su trascendencia dependerá de si alguien la escucha. El diagnóstico más original de la encÃclica no es teológico, sino polÃtico-económico. León XIV extiende el principio del destino universal de los bienes, formulado por León XIII para la tierra y las máquinas, a los datos, los algoritmos y las plataformas digitales. Son bienes comunes, nutridos por el esfuerzo intelectual de millones de personas que crearon y pensaron sin saber que alimentaban los modelos que hoy valen billones. Ese acervo no puede ser propiedad absoluta de quien lo procesó. El impacto socioeconómico de la IA es el corazón concreto del documento. La encÃclica no habla de un futuro lejano, habla del presente en que algoritmos ya deciden quién accede a un crédito o quién es apto para un empleo. Cuando esa decisión se automatiza y nadie asume el peso de sus consecuencias, la injusticia se vuelve silenciosa y la compasión desaparece de la polÃtica. Es una de las intuiciones más lúcidas del texto, la versión contemporánea de las estructuras de pecado que denunció Juan Pablo II asociadas al descarte de los débiles revestido de neutralidad técnica. El capÃtulo sobre la IA y los conflictos armados es el más valiente del documento. León XIV denuncia con claridad que no existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable. La IA no libera al conflicto de su intrÃnseca inhumanidad, solo lo hace más rápido e impersonal. Cuando la decisión de usar la fuerza letal se automatiza, cuando el enemigo queda reducido a un dato y la vÃctima a un daño colateral, desaparece el último freno que la conciencia humana ponÃa al horror. Es una posición que merece aplausos, y también un matiz. La tradición agustiniana de la guerra justa, que la encÃclica cita, pero tiende a arrinconar, no es una legitimación de la violencia; es la única doctrina que ha logrado poner lÃmites reales a la guerra, al exigir causa justa, autoridad legÃtima, último recurso y proporcionalidad. Renunciar a ese marco en aras de un pacifismo absoluto no protege a los inocentes, los desampara. La cuestión no es si la IA puede participar en la defensa, sino bajo qué condiciones: responsabilidad humana identificable en toda la cadena de mando, prohibición de delegar decisiones letales en sistemas autónomos y protección efectiva de los civiles. León XIV usa una expresión de gran fuerza retórica: hay que desarmar la IA, sustraerla a la lógica de la carrera armamentÃstica cognitiva. Es una advertencia necesaria y oportuna, pues no se puede construir el futuro dejando que la lógica del monopolio tecnológico y la competencia geopolÃtica decidan por toda la humanidad. La IA está diagnosticando enfermedades raras a partir de imágenes que ningún médico podrÃa analizar a esa velocidad. Está acelerando el diseño de fármacos para patologÃas que matan a millones. Está poniendo en manos de agricultores de paÃses pobres información climática que antes era prerrogativa de grandes empresas. Ninguna de esas aplicaciones admite el freno que la palabra desarmar sugiere. Lo que hay que desarmar no es la herramienta, sino la ideologÃa que la convierte en instrumento de dominio. La crÃtica al transhumanismo es filosóficamente pertinente pero corre el riesgo de sonar como una condena genérica al progreso si no se precisa que lo que rechaza es la instrumentalización del ser humano, no el avance cientÃfico que alivia su sufrimiento. La ‘Rerum novarum’ tardó décadas en ser asimilada plenamente; sus ideas sobre el salario justo y el derecho de asociación parecieron radicales a sus contemporáneos. La ‘Magnifica humanitas’ no tiene ese lujo, pues las decisiones sobre gobernanza de la IA se están tomando ahora, con o sin criterios éticos solventes. El mérito del documento es que los aporta con rigor y sin catastrofismo. Nombra los monopolios. Defiende la dignidad del trabajo frente a la automatización descontrolada. Condena las nuevas esclavitudes ocultas en las cadenas de suministro digitales. Exige que los datos sean gestionados como bienes comunes. Y recuerda que la calidad de una civilización no se mide por la potencia de sus instrumentos, sino por el cuidado que sabe ofrecer. Babel o Jerusalén. La torre construida sobre el orgullo de la autosuficiencia o la ciudad reconstruida ladrillo a ladrillo con responsabilidad compartida. León XIV elige a NehemÃas como guÃa de su pontificado; el hombre que no impone soluciones desde arriba, que escucha, distribuye responsabilidades y pone a Dios en el horizonte del trabajo colectivo. Es una imagen más útil que cualquier regulación, al recordarnos que la tecnologÃa no se gobierna solo con normas, sino con la calidad moral de quienes la construyen y la usan. Esa es una tarea para todos, creyentes o no.
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Author : (abc)
Publish date : 2026-06-03 17:33:00
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