España afronta uno de los episodios de incendios forestales más graves de los últimos años. Las llamas mantienen activos grandes frentes en Ávila, Madrid, Toledo y Castellón, han obligado a evacuar o confinar a más de 110.000 personas y ya han arrasado más de 81.000 hectáreas, mientras el incendio de Ávila se ha convertido en el mayor registrado en la historia del país. En este escenario, la ciencia trata de responder a una pregunta decisiva: ¿es posible saber con antelación qué bosques están más cerca de arder? Anticipar ese momento es el objetivo de una nueva herramienta científica desarrollada por el Ecosystem Modelling Facility (EMF) del CREAF. La respuesta no depende solo de las altas temperaturas, el viento o la ausencia de lluvias. También está escrita en el interior de las hojas, las ramas y los troncos, en la cantidad de agua que todavía conservan. Esa humedad, invisible para el ojo humano, determina en buena medida la facilidad con la que un bosque puede prender y la velocidad a la que el fuego puede avanzar. Sin embargo, hasta hace poco era uno de los factores más difíciles de medir con precisión y, por tanto, apenas se incorporaba a los modelos utilizados para predecir el riesgo de incendios. Un novedoso estudio liderado por el Centro de Investigación Ecológica y Aplicaciones Forestales (CREAF), publicado en la revista científica New Phytologist, presenta una nueva forma de incorporar el estado hídrico de la vegetación viva a los modelos de predicción y lo hace acompañado de una herramienta accesible para cualquier usuario: ForestDrought, una plataforma que actualiza diariamente la información sobre la humedad de los bosques de la Península Ibérica y Baleares. Su funcionamiento es sencillo para quien la consulta, aunque detrás exista una enorme complejidad científica. A través de un mapa interactivo es posible conocer cómo ha evolucionado durante el último año la cantidad de agua disponible en el suelo y la humedad de la vegetación, dos parámetros que ayudan a comprender por qué determinadas zonas presentan un mayor riesgo de incendio. Las abundantes precipitaciones registradas durante el invierno y buena parte de la primavera permitieron que muchos bosques españoles iniciaran junio con unas reservas de agua poco habituales tras varios años marcados por la sequía. Sin embargo, las sucesivas olas de calor han comenzado a borrar ese colchón hídrico. A medida que aumentan las temperaturas, los árboles y los arbustos necesitan perder más agua para mantenerse activos. Si el suelo ya no puede reponer esa pérdida, las plantas entran en una situación de estrés hídrico que reduce progresivamente su contenido de humedad. Es precisamente ese proceso el que refleja ForestDrought. Según las simulaciones más recientes de la plataforma, las áreas que presentan una vegetación más seca durante estas semanas se concentran en Extremadura, el oeste de Andalucía —especialmente en las provincias de Córdoba, Sevilla, Cádiz y Huelva— y amplias zonas de Castilla-La Mancha, como Ciudad Real y Toledo. En Cataluña, los valores más bajos se localizan en las comarcas del Vallès Oriental y Occidental, el Maresme y parte del interior de Girona, incluyendo La Selva, el Gironès y la Garrotxa. En estos territorios, la humedad de la vegetación ya desciende por debajo del cien por cien, un umbral que los investigadores consideran un primer indicio de estrés por sequía. Cuando ese porcentaje cae por debajo del 80%, la situación adquiere una dimensión diferente: la vegetación se encuentra mucho más seca y aumenta considerablemente su facilidad para arder. «Cuando las plantas tienen menos del 100% de humedad suele ser indicativo de estrés por sequía y, si llega a ser menor del 80%, debemos estar alerta porque la vegetación puede prender con mucha más facilidad», explica Miquel de Cáceres, investigador del CSIC en el CREAF y uno de los responsables del proyecto. Una de las principales aportaciones de esta investigación consiste en demostrar que la respuesta de los ecosistemas frente a la sequía depende tanto del clima como de las propias características de la vegetación. Hasta ahora, la mayoría de los modelos de predicción se apoyaban fundamentalmente en variables meteorológicas como la temperatura, las precipitaciones o la humedad ambiental. Estos indicadores describen bien el comportamiento de la vegetación muerta —hojas secas, ramas o troncos caídos—, pero resultan menos eficaces para comprender cómo evoluciona la vegetación viva. Los árboles y arbustos regulan constantemente el agua que almacenan. Lo hacen mediante mecanismos fisiológicos que varían según la especie y las condiciones del entorno. Así, las encinas o los pinos, por ejemplo, disponen de raíces profundas capaces de acceder al agua situada a varios metros bajo tierra. Además, cuando las condiciones empeoran, reducen la pérdida de agua cerrando los estomas, unos pequeños poros presentes en las hojas que permiten el intercambio de gases con la atmósfera. Los arbustos mediterráneos, en cambio, suelen depender de las capas más superficiales del suelo. Plantas tan habituales como el romero o las jaras agotan mucho antes sus reservas cuando deja de llover, por lo que se secan con mayor rapidez. Estas diferencias explican por qué dos masas forestales sometidas a las mismas temperaturas pueden comportarse de forma completamente distinta frente a un incendio. «Cada tipo de planta responde de manera diferente a la falta de agua y eso condiciona el riesgo de propagación del fuego», señala Rodrigo Balaguer, investigador del CREAF y primer autor del estudio. ForestDrought no se limita a ofrecer una fotografía puntual del territorio. La plataforma permite seguir la evolución diaria del estado hídrico de los bosques durante los últimos 365 días, facilitando una visión mucho más completa de cómo evolucionan los ecosistemas a lo largo del año. Para elaborar estos mapas, el sistema integra información procedente de numerosas fuentes. Combina datos meteorológicos de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET), el Servei Meteorològic de Catalunya, MeteoGalicia y la Red de Información Agroclimática de Andalucía con información sobre suelos, relieve y estructura forestal obtenida del Inventario Forestal Nacional, el Mapa Forestal de España y tecnología lidar. A ello se añaden modelos ecológicos capaces de simular el comportamiento de distintas especies vegetales frente a la disponibilidad de agua. El resultado es una herramienta que, además de calcular la humedad de la vegetación viva, incorpora otros indicadores relevantes para la prevención de incendios, como la humedad del combustible muerto, el potencial de propagación del fuego por las copas de los árboles o el riesgo de ignición de la vegetación del sotobosque. Los investigadores insisten en que ForestDrought no pretende sustituir a los actuales sistemas de vigilancia ni convertirse en un oráculo capaz de predecir con exactitud dónde se iniciará un incendio. Su utilidad reside en complementar la información disponible para ofrecer mapas de riesgo mucho más precisos. Conocer el estado hídrico de la vegetación puede ayudar a identificar zonas especialmente vulnerables, planificar tratamientos forestales, priorizar labores preventivas y proporcionar información adicional a los servicios de extinción y a las administraciones responsables de la gestión del territorio. En un contexto de cambio climático, donde las olas de calor son cada vez más frecuentes e intensas, disponer de este tipo de herramientas adquiere una importancia creciente. Los autores del estudio consideran que todavía queda margen para mejorar este tipo de modelos. Incorporar información más detallada sobre la profundidad y composición de los suelos, comprender mejor la fisiología de cada especie o aprovechar el potencial de los nuevos satélites para observar la vegetación permitirá afinar aún más las predicciones durante los próximos años. Durante décadas, la prevención de incendios se ha apoyado principalmente en observar el cielo: cuánto llueve, cuánto sopla el viento o cuánto sube el termómetro. Ahora la ciencia propone mirar también hacia el bosque y comprender cómo responde cada árbol, cada arbusto y cada hoja a la falta de agua. Porque el fuego no empieza únicamente cuando hace calor, también comienza cuando un bosque deja de tener la humedad suficiente para defenderse. Y conocer ese momento puede marcar la diferencia entre anticiparse a un gran incendio o llegar demasiado tarde.
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Author : (abc)
Publish date : 2026-07-26 20:08:00
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