El tren de borrascas del último otoño y el pasado invierno ha supuesto un indiscutible alivio gracias a unas abundantes lluvias que han llenado embalses y ríos, revitalizando además el paisaje medioambiental tras la peor sequía sufrida en esta tierra desde 1961. Pero este indudable soplo de agua fresca no soluciona la realidad estructural que afrontan la provincia de Sevilla y el conjunto de Andalucía, ante la degradación de sus tierras y paisajes. Así lo refleja el ‘Atlas de la desertificación de España’, que muestra que el 84,5 por ciento del territorio sevillano está afectado por procesos de desertificación y que más del 73 por ciento de la población de la provincia reside en zonas consideradas como semi áridas, entre otros datos. Lo explica en una entrevista con este periódico Jaime Martínez Valderrama, de la Estación Experimental de Zonas Áridas del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), con sede en Almería. Él es el coordinador del citado macro estudio, junto con Jorge Olcina Cantos, del Departamento de Análisis Geográfico Regional y Geografía Física de la Universidad de Alicante. Ambos han liderado esta prolija investigación plasmada en un documento de 260 páginas que aborda la situación del territorio nacional, ante esta «realidad que ya está moldeando los paisajes, economías y comunidades», pues « la desertificación avanza en silencio, pero con consecuencias palpables , como la pérdida de fertilidad del suelo, el retroceso de la vegetación natural, el incremento de los incendios forestales o la disminución de los recursos hídricos». Así figura en el comienzo del propio estudio. En ese sentido, Jaime Martínez Valderrama avisa de que la desertificación no tiene por qué ser perceptible «a simple vista» . Por ejemplo porque cuando al observar un espacio o un paisaje se suele «dar por sentado que siempre ha sido así», cuando la naturaleza acostumbra a evolucionar «en escalas temporales» que superan al ciclo que constituye una vida humana. «Para la naturaleza 150 años no son nada. Podemos considerar como normal un entorno, que en el fondo hace ya más de medio siglo que está degradado», plantea. Además advierte de que el hecho de que una tierra cuente con vegetación no la salva como tal del fenómeno de la desertificación, pues posiblemente «podría tener más vegetación si el suelo estuviese más sano» o recibiese más agua, además de que «la degradación de las aguas subterráneas» no es perceptible a simple vista y, en ocasiones, tampoco la contaminación de las aguas superficiales. «La desertificación es un proceso multifactorial , vinculado tanto a variables biofísicas como a dinámicas socioeconómicas, históricas y políticas. El fenómeno se manifiesta de formas diversas: desde la erosión visible en laderas desprovistas de cobertura vegetal hasta la degradación paulatina de la funcionalidad ecológica de un ecosistema; desde la sobreexplotación de acuíferos hasta el abandono agrícola o la banalización paisajística por ciertos modelos de desarrollo urbano o turístico», figura de hecho en el estudio. A partir de ahí, lo cierto es que este ‘Atlas de la desertificación de España’, promovido con fondos europeos, arroja datos preocupantes, pues refleja que el 60,9 por ciento del territorio nacional está afectado por la desertificación. El dato constituye toda una alerta y se dispara con relación al anterior dato de aproximadamente el 20 por ciento. La clave de esta escalada es que esta nueva investigación ha evaluado no sólo la situación de los suelos, sino además el estado de las aguas subterráneas, con una metodología única en España. Ya profundizando en los datos provinciales, este trabajo muestra que el 84,5 por ciento del territorio de la provincia de Sevilla, que supera los 14.000 kilómetros cuadrados, está afectado por procesos de desertificación. Eso sí, el coordinador de este estudio precisa que la desertificación detectada no afecta «por igual» a toda la superficie abarcada por dicho proceso. Es decir que hay grados de intensidad de este fenómeno. Ese porcentaje, por cierto, coincide con el de otro apartado de este informe, según el cual el 84,2 por ciento de la superficie sevillana está dentro de las zonas consideradas como áridas. En cualquier caso, y siempre según este trabajo de investigación, la provincia de Sevilla es la séptima de toda España con mayor superficie desertificada, detrás de Albacete, Zaragoza, Toledo, Murcia, Cuenca y Ciudad Real. Y eso que en términos de kilómetros cuadrados absolutos, es la undécima provincia española en tamaño. Además, es la novena provincia en cuanto a porcentaje de su territorio afectado por este fenómeno, detrás de Alicante, Cádiz, Málaga, Girona, Murcia, Almería, Albacete y La Rioja. Otro dato reseñable con relación a la provincia de Sevilla es que más del 73 por ciento de la población de la provincia de Sevilla, de más de 1,95 millones de personas según la cifra del Instituto Nacional de Estadística (INE) usado para este estudio, reside en zonas consideradas como semiáridas por sus condiciones. En ambos casos, los de la desertificación y la aridez, afectan de lleno a la Campiña sevillana, el Aljarafe y la Vega del Guadalquivir, las zonas más pobladas, como reflejan los mapas de este estudio. A la hora de poner nombres y apellidos a estos datos, Jaime Martínez Valderrama explica que en el caso de la provincia de Sevilla pesan por ejemplo «el deterioro de humedales como los de Doñana» , pues dicho espacio natural, declarado Reserva de la Biosfera y auténtica joya medioambiental de valor mundial excepcional, se extiende por los municipios sevillanos de Aznalcázar y La Puebla del Río. Este tesoro natural, no sobra recordarlo, afronta amenazas como la sobreexplotación de su acuífero a causa de la agricultura intensiva de regadío. A colación, este investigador detalla que en la degradación y desertificación de los territorios influyen principalmente dos aspectos, que son las variables climáticas, especialmente afectadas por el cambio climático con sequías más frecuentes y prolongadas ; y de carácter humano, es decir la antropización como consecuencia de la modificación del medio ambiente fruto de la actividad humana. En este marco, precisa que muchos de los territorios declarados como desertificados en este estudio «son zonas agrícolas con modelos de producción cada vez más intensivos, que introducen más presión sobre la tierra», en contra de la sostenibilidad. Y es que según razona, « las presiones superan a la capacidad del territorio» . Un aviso nada desdeñable, en una provincia como la de Sevilla, con un importante peso del sector agrario. Se trata, como insiste este experto, en una «degradación silenciosa» de los territorios, que aunque en muchos casos no sea «perceptible a simple vista» por parte de la ciudadanía, lo cierto es que «afecta muy directamente» a la misma y, sobre todo, constituye todo un factor de riesgo para el futuro. «No se trata de una mera cuestión paisajística o estética, sino que afecta a la seguridad hídrica y alimentaria», asegura el coordinador de este trabajo, explicando que cuando la tierra no es capaz de proporcionar los recursos que exige la población que soporta, tal extremo «se cubre de manera artificial, generando una dependencia» de otros lugares y requiriendo mayor gasto económico. «Nos vemos obligados a traer de otros sitios lo que antes nos daba el suelo de manera natural», resume Jaime Martínez aludiendo a productos tan básicos como los alimentos o el agua. «La comunidad autónoma que mayor aumento de superficie regada ha registrado en el periodo 2004-2021 es Andalucía, con 183.240 hectáreas», apunta en ese sentido este trabajo de investigación. De ahí que el coordinador de este extenso trabajo de investigación haga especial hincapié en la trascendencia de «esta realidad que ya ha ocurrido» y que avanza «en silencio». Porque como bien advierte, la recuperación de los acuíferos afectados lleva «décadas y décadas» y la restitución de «un centímetro de suelo fértil» afectado por la desertificación puede llevar «hasta 700 u 800 años». Urge por tanto, según sus palabras, activar mecanismos para combatir esta realidad, desde políticas de reforestación a «remodelar las prácticas agrarias» que estén contribuyendo a la desertización, por más que pueda ser una medida ciertamente «impopular», como también reconoce Jaime Martínez Valderrama. La investigación que coordina, en cualquier caso, contiene la seria advertencia de que «la desertificación no es solo un problema ambiental , sino también un obstáculo al desarrollo sostenible, a la equidad territorial y a la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras».
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Author : (abc)
Publish date : 2026-06-14 05:09:00
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